jueves, 5 de enero de 2017

1985


Miguel Miranda se negaba abiertamente a ser un adulto.
Esa negación lo llevaba a ser muy compinche de "el Hétor",su sobrino de 14 años. Con la excusa de cuidarlo lo acompañaba a todos lados y se mezclaba con pibes mucho más chicos que él. 
-Miguel, ¿podés llevarlo al Hétor al asalto que se hace en lo del Marcelo?, le preguntó su hermana.
-Dale,aguantá que me cambio y lo llevo.
Miguel se puso re pituco y agarró de la heladera una Mountain Dew y una Pepsi y salió con su sobrino rumbo al "asalto",esas fiestas de adolescentes que solían hacerse muy temprano todavía con el sol bien arriba y donde los varones llevaban las bebidas y las chicas la comida.  
A Miguel le encantaba estar rodeado de pibes y cualquier ocasión le servía para cumplir su cometido y siempre usaba la misma treta: llegaba a las casa donde era la joda y se quedaba hablando con los padres de la casa anfitriona mirando como los pibes bailaban hasta que a estos no les terminaba quedando otra que hacerlo pasar ya que era más que evidente que había llegado hasta ahí para quedarse, y esta no fue la excepción. Con la fiesta comenzada Miguel se las ingeniaba para ser uno más en el grupo de chicos. 
Todo iba lo más bien hasta que al nene encargado de la música no se le ocurrió mejor idea que poner el cassette completo de "Rocas Vivas",el larga duración que era furor en ese momento. Miguel que no era ningún caído del catre, llevaba siempre en su bolsillo para esos casos un cassette grabado de Yuli y los Girasoles. Amaba las cumbias de Yuli. Mientras los chicos bailaban re copados uno de los temas, Miguel se acercó al improvisado discjockey y le tiró una idea:
-Chabon,poné esto así se arma el baile en serio-
El pibe leyó la etiqueta y se le cagó de risa en la cara.
-¿Qué es esto?-,le dijo con una sonrisa socarrona. 
-¿Cómo que qué es?...Yuli y los Girasoles, cumbia de Santa Fe...ponelo, haceme caso y vas a ver como se arma de una el bailongo.
-Ni en pedo pongo eso,- le contestó con irreverencia y siguió en lo suyo.
-Dale,ponelo pendejo no me hagás calentar,¿eh?. 
-A ninguno de nosotros nos gusta eso,don-
¿"Eso"?,¿"Don"?. Una vena en el cuello de Miguel amenazaba con explotar.
-¡Pone el cassete o te meto un cocacho,pendejo!
El pibe lo miró asustado y llamó al padre.
-Aaaah,¿encima sos buche?, ¡ahora vas a ver!
El pibe salió corriendo y Miguel fue detrás de él metiéndose entre medio de los otros chicos que seguían bailando sin darle importancia hasta que vieron que aquello no era un juego, ni la cara desencajada de Miguel ni los gritos de terror que profería el pibe eran parte de algo gracioso. La música siguió sonando pero ya nadie bailaba, las chicas gritaban y los varones empezaron a correr y colgarse de la campera de Miguel para que no lo agarrara.
-¡Suéltenme pendejos de mierda que lo cago a patadas en el culo a este hij...!
Los gritos eran cada vez más fuertes hasta que el dueño de la casa asomó la cabeza al garage y vio sorprendido como varios chicos tomaban de la ropa a ese muchacho totalmente desencajado que tenía la boca ladeada y el puño derecho amenazante haciendo pequeños círculos en el aire,como a punto de asestar un golpe de box. El hombre se acercó para intentar calmarlo pero Miguel le tiró un uppercat que no llegó a destino por centímetros a lo que el papá del pibe contestó dándole un sopapo en la mejilla lo que provocó una rápida pero no por eso menos violenta pelea. Miguel cobró como nunca en su vida, si hasta los pendejos le tiraron alguna que otra patada. Es más, en la vorágine le pareció ver al Hétor, su propio sobrino, intentando golpearlo. 
Ya maniatado el hombre lo tomó de la campera inflable y lo sacó carpiendo mientras todos los nenes vitoreaban como cuando Martin Karadajián le ganaba a la Momia en Titanes en el Ring.
Mientras se alejaba de la casa Miguel los insultaba al tiempo que el padre lo miraba desde el portón haciéndole el típico gesto con la palma de la mano en vaivén, señal de que lo iba a fajar de nuevo la próxima vez que lo viera.
Dolorido y recontra caliente Miguel se acomodó la camisa dentro del pantalón nevado y se limpió la sangre de la nariz con el pañuelo. ¿Y ahora...qué iba a hacer ahora? Eran las cinco y media de la tarde y no podía volver a su casa sin su sobrino porqué su hermana le iba a tirar la bronca. Caminó un par de cuadras y vio que en una esquina había un potrero donde unos pibes jugaban al fútbol.
Lo pensó un momento y decidió quedarse a mirar esperando a que pase el tiempo y de paso podría pensar en como iba a hacer para volver a buscar a su sobrino sin sufrir las consecuencias.
Saltó la cuneta y se paró atrás de uno de los arcos, cruzado de brazos (todos los que alguna vez fueron a un potrero saben lo que eso significa) mientras mentalmente contó a los jugadores. En la cancha había 17 pibes. <¡Joya,falta uno!>,pensó. Dobló su campera y la dejó en el suelo, luego se arremangó la camisa y comenzó a caminar detrás del arco. Iba de un lado al otro tomando los postes como referencia, esperando que alguno le preguntara si quería jugar. Pero nadie le decía nada. Una porque estaba vestido como para ir a un casorio y otra porque tenía como diez años más que la mayoría de los que estaban jugando. Cuando el arquero se cansó de ver esa sombra que iba y venía detrás de él se dio media vuelta y mirándolo con desconfianza de arriba a abajo le preguntó lo que Miguel tanto esperaba: 
-¿Quiere jugar,Don?. 
A Miguel le hirvió la sangre al escuchar ese"Don" pero se la aguantó y poniendo su mejor cara de circunstancia  le contestó
-¿Eh,a mi me decís? y bueno,dale...si les falta uno me prendo a atajar....
El pibito pegó un grito avisando a los demás que entraba uno pero nadie le dio bola porque su equipo atacaba con furia el arco contrario. Volvió a gritar un par de veces más para avisar por el cambio de arquero y ahí sí algunos de los pibes se dieron vuelta a mirar dando a entender que estaban al tanto del cambio.
Miguel sintió como los defensores más cercanos lo miraron raro, seguramente pensando que haría un tipo con esa pintusa atajando en un potrero a las 5 de la tarde. 
El partido siguió su curso normal, cada tanto alguna que otra jugada fuerte pero nada fuera de lo común. Miguel voló un par de veces ante la mirada asombrada de los pibes que veían como ese hombre mayor se revolcaba en la tierra como si fuera Enrique Vidallé y con cada nueva atajada recibía la aprobación de sus compañeros de equipo con un <¡¡ bien,Don!!>. El "Don" no le gustaba un carajo pero las felicitaciones sí,y mucho.
En una jugada aislada, uno de los delanteros del equipo contrario estaba de pesquero muy cerca de él mientras todos los demás se encontraban de mitad de cancha para adelante. Luego de un rechazo de puntín de un defensa contrario la pelota le llegó al pibe que estaba de pesquero -para nada era una táctica sino que descansaba a la sombra de un poste de luz-, y con algo de dificultad detuvo la pelota con el empeine y encaró para el arco defendido por Miguel, que se agazapó acomodándose el jeans, mirando fijamente al pibe que se acercaba a toda velocidad. En esos escasos segundos tuvo tiempo para varias cosas, entre ellas insultar a todo el equipo por haberlo dejado solo pero también para salir a intentar cortar aquella jugada. El pibe lo ve salir del arco como una tromba y lo gambetea. En una décima de segundo quiebra la cintura y con la derecha engancha para adentro a lo que Miranda responde tirándose con las dos piernas para adelante y lo levanta como sorete en pala, poniéndose de pie rápidamente con las dos palmas hacia arriba al grito de -¡No le hice nada... ¡se tiró,se tiró!. El pibito se retorcía llorando a los gritos con las dos rodillas ensangrentadas y el cuerpo lleno de polvo. Era como una milanesa de tierra que lloraba. Los pibes más grandecitos se le fueron al humo y Miguel enseguida se puso en guardia esperando la primer piña. Uno se le abalanzó y le tiró una patada voladora que apenas pudo alcanzó a esquivar. Ni bien se acomodó tiró un cross de derecha que no llegó a destino y cuando intentó acomodarse de nuevo tenía encima suyo a cuatro pibes que le lanzaban piñas y patadas a diestra y siniestra. Eran como un malón de indios enojados dispuestos a cobrar venganza por el pequeño delantero que todavía lloraba desconsolado a un costado de la cancha. Además de la polvareda y de la patota de pibes que lo querían masacrar se le sumó un perro que lo tironeaba rabioso de la botamanga del jean. La pelea solo duró unos minutos porque varios vecinos se acercaron a separarlos mientras que otros miraban risueños la batahola desde las veredas de sus casas. Finalmente lograron separarlos y los pibes se fueron por una calle mientras que Miranda  se alejaba por otra, meta a insultarse con los chicos y también con los vecinos, solo lo seguía el perro al que no sabía como sacarselo de encima y seguía empacado en morderle una gamba. A todo esto el pobre pibe lesionado se quedó llorando en la cancha, solo,olvidado y todo mugriento.
Ya lejos del potrero vio un kiosco donde se compró una Coca Cola y se sentó a esperar pensando, otra vez, en como iba a hacer para pasar a buscar al turro del Hétor sin que lo fajaran. Cuando le pegó el primer trago a la gaseosa escuchó a la distancia un ruido seco: ¡clanck!, seguido de un grito jubiloso de gol. A media cuadra de donde estaba sentado y sobre la vereda de enfrente había un grupo de pibes jugando al metegol. Como accionado por un resorte Miguel se levantó y tomando su Coquita se fue rumbo a la montonera de pibes que aunque todavía no lo sabían, se acercaba a ellos un tipo al que por algún motivo todavía desconocido iban a terminar cagando a palo.
                                                                                                                              FIN






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